¿PUEDE SER EL HUMANO SU DUEÑO, SU DIOS?
A veces echo mi alma sobre soñados arroyos
cristalinos, para que nade y se sumerja en sus trasparentes verdades de siempre
y de más allá. Yo desde la orilla la sigo, parándome en sus remolinos de duda o
avanzando serenamente en las tranquilas corrientes que caen por inclinadas
lógicas. Hablamos y conversamos, yo con mis extrañas preguntas, mientras que
ella me responde con sus humildes certezas.
-¿Qué sería de los obreros sin patrón, sin dueño?- Le
pregunto.- Obreros amantes de sus trabajos, detallistas de sus labores
profesionales de toda índole. Los que recolectan el alimento de la tierra y el
mar, los que fabrican utensilios
necesarios para la vida, los que construyen sencillas viviendas
imprescindibles para el cobijo o las prendas de vestir protectoras de
intimidades y fríos. Obreros que saben de sus oficios con elevados
conocimientos de maña y perfección.
Y la respuesta entre dudas me dice que el patrón, el
dueño, el que manda, tan solo se encarga de mandar; de poner abusivos horarios
de jornada y mínimos sueldos que le aporten a su dirigente intervención una
máxima rentabilidad.
Después mi pregunta se hace un poco más incisiva,
indagando sobre necesidades de dirigentes para el obrero; recibiendo contestaciones
de que a lo mejor los obreros deberían de estar orientados por formados especialistas, capaces de guiar la producción
de productos, según la necesidades de un pueblo equilibradamente consumidor,
respetuoso con un medio ambiente, aportador de las riquezas naturales que deben
de ser inteligentemente respetadas. Para esto, debieran mandar exclusivamente
los más sabios conocedores de lo mejor para la vida y el género humano.
El obrero, sí, necesita dirigentes, pero tan humildes
que supieran reconocer que la labor de los sagrados artesanos, tendría derecho
a ser reconocida con la misma valoración profesional que la de ellos. Ya que
los dirigentes, no deben de ser absolutos protagonistas de guiar a un pueblo
obrero como si fuera un rebaño, sino siendo respetuosos orientadores que saben
que cada especialista es único en su oficio, imprescindible para una labor en
común.
Ahora, mi pregunta se cambia de escenario, pues a
sabiendas de que el humano, primitivamente, no puede pasar sin dirigentes, sin
líderes; le viene a mi duda una pregunta posiblemente, completamente
imprudente.
-¿Qué sería de los que aman, sin Dios? Alma mía, tú
que te tuteas con profundas verdades, dime si puedes ¿Que sería de los
verdaderos adoradores del amor, en espíritu y en verdad, sin religión, sin
líderes que sustituyan sus faltas de fe en sí mismos?
-¿Qué sería del creyente sin Dios?
¿Del creyente que cree que cada ser, que cada parte de
la existencia, contiene íntegramente la individual imagen de un todo divino que
variadamente proyecta su infinita diversidad.
Del creyente
que cree que en su humana complejidad, dispone de un universo de sentimientos,
empatías y comprensiones, a través de los cuales puede sentirse, humildemente
conocedor, de todo existencial misterio, que solo a través de sí mismo puede
descubrir.
Del creyente
que cree que no hay clases de altas y bajas categorías entre las sustancias
creadas y creadoras, en una infinita procreación existencial. Que no hay una
separada Divinidad, absoluta y poderosa, habitadora de celestes alturas, y un
bajo mundo, indigno de toda gracia, por la bastarda esencia de su vil
naturaleza?
Y mi buceadora alma, buscando verdades en la
trasparente claridad de lo profundo, me dice que le queda mucho por nadar para
descubrir repuestas, nunca concluyentes. Pero que cree que se encuentra en la
buena ruta de saber: que llegará un tiempo en el que cualquier humano creyente,
se sentirá completo en sí mismo, a sabiendas de que si quiere buscarse la
verdad, tan solo tendrá que mirarse por dentro y preguntarle a su alma, siempre
habitadora de profundos arroyos cristalinos; conectados todos a la divina
grandeza que somos, y que nos contiene.
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