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domingo, 26 de noviembre de 2017

¿Puede ser el humano su dueño, su Dios?




      ¿PUEDE SER  EL HUMANO SU DUEÑO, SU DIOS?



A veces echo mi alma sobre soñados arroyos cristalinos, para que nade y se sumerja en sus trasparentes verdades de siempre y de más allá. Yo desde la orilla la sigo, parándome en sus remolinos de duda o avanzando serenamente en las tranquilas corrientes que caen por inclinadas lógicas. Hablamos y conversamos, yo con mis extrañas preguntas, mientras que ella me responde con sus humildes certezas.

-¿Qué sería de los obreros sin patrón, sin dueño?- Le pregunto.- Obreros amantes de sus trabajos, detallistas de sus labores profesionales de toda índole. Los que recolectan el alimento de la tierra y el mar, los que fabrican utensilios  necesarios para la vida, los que construyen sencillas viviendas imprescindibles para el cobijo o las prendas de vestir protectoras de intimidades y fríos. Obreros que saben de sus oficios con elevados conocimientos de maña y perfección.

Y la respuesta entre dudas me dice que el patrón, el dueño, el que manda, tan solo se encarga de mandar; de poner abusivos horarios de jornada y mínimos sueldos que le aporten a su dirigente intervención una máxima rentabilidad.

Después mi pregunta se hace un poco más incisiva, indagando sobre necesidades de dirigentes para el obrero; recibiendo contestaciones de que a lo mejor los obreros deberían de estar orientados por formados  especialistas, capaces de guiar la producción de productos, según la necesidades de un pueblo equilibradamente consumidor, respetuoso con un medio ambiente, aportador de las riquezas naturales que deben de ser inteligentemente respetadas. Para esto, debieran mandar exclusivamente los más sabios conocedores de lo mejor para la vida y el género humano.

El obrero, sí, necesita dirigentes, pero tan humildes que supieran reconocer que la labor de los sagrados artesanos, tendría derecho a ser reconocida con la misma valoración profesional que la de ellos. Ya que los dirigentes, no deben de ser absolutos protagonistas de guiar a un pueblo obrero como si fuera un rebaño, sino siendo respetuosos orientadores que saben que cada especialista es único en su oficio, imprescindible para una labor en común.

Ahora, mi pregunta se cambia de escenario, pues a sabiendas de que el humano, primitivamente, no puede pasar sin dirigentes, sin líderes; le viene a mi duda una pregunta posiblemente, completamente imprudente.

-¿Qué sería de los que aman, sin Dios? Alma mía, tú que te tuteas con profundas verdades, dime si puedes ¿Que sería de los verdaderos adoradores del amor, en espíritu y en verdad, sin religión, sin líderes que sustituyan sus faltas de fe en sí mismos?

-¿Qué sería del creyente sin Dios?

¿Del creyente que cree que cada ser, que cada parte de la existencia, contiene íntegramente la individual imagen de un todo divino que variadamente proyecta su infinita diversidad.

 Del creyente que cree que en su humana complejidad, dispone de un universo de sentimientos, empatías y comprensiones, a través de los cuales puede sentirse, humildemente conocedor, de todo existencial misterio, que solo a través de sí mismo puede descubrir.

 Del creyente que cree que no hay clases de altas y bajas categorías entre las sustancias creadas y creadoras, en una infinita procreación existencial. Que no hay una separada Divinidad, absoluta y poderosa, habitadora de celestes alturas, y un bajo mundo, indigno de toda gracia, por la bastarda esencia de su vil naturaleza?

Y mi buceadora alma, buscando verdades en la trasparente claridad de lo profundo, me dice que le queda mucho por nadar para descubrir repuestas, nunca concluyentes. Pero que cree que se encuentra en la buena ruta de saber: que llegará un tiempo en el que cualquier humano creyente, se sentirá completo en sí mismo, a sabiendas de que si quiere buscarse la verdad, tan solo tendrá que mirarse por dentro y preguntarle a su alma, siempre habitadora de profundos arroyos cristalinos; conectados todos a la divina grandeza que somos, y que nos contiene.
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