Hay una vida en la
vida
que rema a
contracorriente
a pesar de una
aparente
precipitada caída
hacia incoherencias
de mente.
Barquitas que van
subiendo
movidas por remadores
tenaces y verdaderos
que en contra de lo
corriente,
ascienden hacia la
fuente
de los valores
primeros
de orígenes residentes,
salvadores de lo
humano
que el consumismo
pervierte.
Que se crezcan,
esperemos,
cada vez más los que
sienten
antes de que al fin
lleguemos
a cataratas de
muerte.
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Siempre pegada a mí,
llevo su sombra.
De la mano me anima a
subir la solitaria vereda.
A mi lado camina, y
se sienta, y vela,
siempre curiosa: del
dolor, de la sonrisa, del humor, del amor,
del odio, del hambre,
del hombre, del hombro que se carga de vida y de muerte,
del inocente que paga
la culpa de los que nunca se disculpan,
de la verdad que
siempre rehúye hacia espejismos del más allá,
del Dios que tiene
tantos nombres y tantas formas de existencia
que abarca hasta la de no existir.
Siempre va conmigo:
parasitando mis sentidos, entrometiéndose en mis conversaciones,
atormentando mis
silencios e incomodando mis descansos.
Infantil instigación
del saber que me pide cuestionarlo todo,
aunque mis
inestables respuestas, sean siempre
guiadas
por esa insatisfecha
inquietud que constantemente me incita a andar con las ideas:
“LA PREGUNTA”
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