LO HE LEIDO, LO HE SOÑADO, LO HE VIVIDO..., YA NO LO RECUERDO, QUE MÁS DA.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Desde cero





                       DESDE CERO

Escribe un dialogo en el que un anciano le explica a un niño, un deporte desconocido para él.



En la humilde estancia de una labriega casona situada en una reducida población. Poco después de que el sol se desperezara de su rojizo amanecer. Un joven abuelo se dispuso a preparar los indispensables bártulos para su labor cotidiana.
 Mientras tanto, su adorado nieto, recién llegado de la cercana ciudad, donde había cursado el último curso de primaria, y curioso por todo lo que su atareado abuelo, en todo momento decidiera hacer. No tuvo por menos que preguntarle.

-¿Adónde vas, Abuelo? -Le preguntó con imprudente impronta.
-Voy a hacer deporte. -Le dijo con determinante expresión.
-¿A hacer deporte? -Le volvió a preguntar, dudando de su increíble definición.
-Si quieres te vienes conmigo, y ya lo verás.

 Abuelo y nieto, salieron cruzando callejuelas, irregularmente empedradas, en la que abundaba una gran cantidad de basuras ecológicas. Tales como cagarrutas de cabras que corrían libremente en busca de su pastor y cajoneras de aparejados mulos que portaban ataharres y angarillas, preparadas para el trasporte de mieses por recolectar.

-Que mal huele. –Dijo el nieto, frunciendo su gesto a modo de obstrucción respiratoria, ante aquel espeso  aroma popular que seguidamente el abuelo dulcificó manifestando que era  olor a vida natural. El que seguro, más adelante, sería tomado por él, como nostálgico y añorado recuerdo de infancia.
 Trascurrida una pequeña andadura por un estrecho camino, por el cual había que andar salteando toda clase de embarrizadas huellas, el fibroso abuelo dijo satisfecho.

-Ya hemos llegado, mira que vega más bonita. Aquí plantaremos y cultivaremos, pimientos, tomates, lechugas y todo lo que podamos, sin usar insecticidas ni ningún tipo de producto químico.
-Sí abuelo ¿Pero no decías que íbamos a hacer deporte?
-Sí, toma este amocafre que yo cogeré la escardilla. Vamos a cavar la huerta.
-¡Ah! Eso no es deporte.
-Tú cava, y ya verás lo fuerte que te pones.
-Sí, pero en el deporte hay sobretodo competición.
-Y aquí también, ya que competimos contra los que contaminan. Contra toda esa manufactura industrial que se empeña en vender productos sintéticamente elaborados, contenedores de los más perversos engaña- sabores. Competimos contra los culpables del cambio climático, que están desertizando este mundo. Y contra los responsables de que disminuya la capa de ozono, protectora de los dañinos rayos ultravioleta.
 Competición que al final ganaremos si potenciamos la agricultura ecológica y adoptamos un consumo que mantenga el equilibrio de una exquisita naturaleza, que solo puede supervivir si luchamos por ella con armas de labranza. En tus manos y en las manos de jóvenes como tú, está el triunfo de una vida responsable y respetuosa con nuestro querido planeta Tierra.

-Sí abuelo, me has convencido,  practicaré este digno deporte que tú me has enseñado, y de parte de nuestro dolido planeta Tierra, “ganaremos”.


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                                  LA PANADERA


Ya hacia un buen rato que la luz de la tarde había tomado un tono cobrizo, cuando el veinteañero Emeterio echó en falta un poco de pan para la cena. Seguramente la cercana panadería estaba a punto de cerrar, pensó el tímido estudiante, deseoso y temeroso a la vez, por visitar aquel expositor de tostadas piezas de oloroso pan, en el que destacaba el bello manjar de una panadera que siempre le estimulaba el mayor de sus apetitos.
 El delgado Emeterio empujó tímidamente la entornada puerta del aromático comercio.

-¡Estoy cerrando!-Respondió desde dentro la femenina y recia voz de Ramona, la panadera.
-¡Ah, Si eres tú! ¡Pasa muchacho! ¿Qué deseas? Dijo con pícara sonrisa la sonrosada expendedora de pan, que aparentaba estar en edad de óptima maduración.
 Su reducida bata blanca, ceñía sin pliegues su contorneada figura, cuya vigorosa realidad no necesitaba ser imaginada.

-¡Phis! -Le siseó Ramona- ¿Que qué quieres?- Le reiteró con sabia socarronería.
-Sí, quería un bollo.-Respondió con voz entrecortada el azorado joven, sin dejar de mirar aquella rebosante hermosura que lo tenía gratamente hipnotizado. Pues sus táctiles ojos habían escalado poco a poco hasta un desabrochado escote que apenas podía sujetar unas amplias y aterciopeladas redondeces, concurrentes hacia una dulce cañada donde cualquier mirada caería en precipitada cascada.

-Perdona muchacho, vienes mucho por aquí pero no sé cómo te llamas.
-Sí, señora Jamona, digo Ramona, yo me llamo Emeterio y paro en una cercana pensión, pues estudio Ingeniería Técnica en la rama de electrónica, en la escuela de peritos de aquí, de Málaga.
-¡Mira que suerte!- Dijo la jovial panadera.-Precisamente necesito que un guapo experto como tú, sintonice los  canales de mi televisión, que los tengo bastante desordenados ¡Anda, pasa! Y de camino te pongo una cervecita y unas tapitas, que te veo falto de atenciones.

 Como en la ocupada mente de Emeterio no quedaba espacio para ninguna otra decisión que no fuera la de seguirla, sin pensárselo avanzó detrás de aquel hermoso trasero, que se movía con vaivenes que podían marear al más experto marinero, hasta llegar a una acogedora habitación donde se encontraba la tele, una mesita y un gran sofá.

-Acomódate, hijo, que yo te voy a preparar unos aperitivos que te vas a chupar los dedos.

Mientras él  manipulaba el mando televisivo, ella le animó a que bebiera y comiera de aquellos jugosos embutidos de tan buena presencia,  a los que pronto les dio fin.

-¡Tenias hambre, eh! –Sonó tras de él la cálida voz de la hermosa Ramona, cada vez más cercana a su nuca. Segundos después un elástico roce presionó sus espaldas, a la vez que unas hábiles manos masajeaban sus endurecidos músculos cervicales.

-Estás muy tenso, relájate.

 Las expertas manos de la panadera  deslizaron sus caricias hacia el inexplorado  pecho del muchacho, en el cual, un tambor interior parecía querer salirse.

-Deja la tele y sintonízame a mí, que estoy necesitada de que alguien me ponga a tono.

 Con un sencillo movimiento el articulado sofá, quedó trasformado en cama, mientras que ella, sin dejar de acariciarlo, lo iba desnudando con el armonioso juego de sus manos. La desabrochada bata y las pequeñas prendas interiores de la desenvuelta mujer, cayeron al suelo como muda invernal que deja paso a una hermosa primavera.

-Ven aquí y no me cojas frio.-Dijo la amante seductora mientras abría sus acogedoras caricias a un receptor abrazo que arropó casi por completo a aquella cimbreante figura que no paraba de mover cada uno de los seiscientos cincuenta músculos con los que estaba dotado su fibroso cuerpo.

 Aquellos dos cuerpos, seguramente viajaron a alguna dimensión de indescriptibles coordenadas donde está permitido ir, pero nunca quedarse, por lo que después de una prolongada estancia, tuvieron que regresar de aquel placentero ensueño del que tardaron en despertar.

-Es tarde.-Dijo ella.-Tendrás que irte.
-Sí, cada uno debe de vivir su vida.-Dijo él mientras se vestía.
-Llévate tu bollo.-Le recomendó ella preocupada por su desgastada vigorosidad.
-Si tú me lo dices me lo llevaré aunque voy altamente satisfecho.

 Al salir a la calle, el joven estudiante percibió como lejano el bullicio que lo rodeaba, su algodonado cuerpo estaba aislado de toda inclemencia exterior, sintiendo que casi levitaba. Más un aroma de pan y besos lo acompañó como incrustado recuerdo de su existencia hasta que su juventud llegó a una avanzada edad.

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