Los pequeños ojos de Pablillo, se resistían a abrirse una vez más, temiendo encontrarse con su habitual mundo exterior: un plomizo e invernal campo de batalla, superpoblado por procesionarias multitudes, inconscientemente guiadas hacia no sé qué metas de máximo consumo.
Él
nunca quiso formar parte de aquella competitiva turba, a la que no le importaba
reptar para conseguir su engorde. Por eso anhelaba las horas de la noche, en la
que siempre buscaba un mundo hecho a su imagen.
Cuando llegaba a su humilde hogar, una cálida voz, siempre repetía su insistente cantinela:
--¡tienes que comer para crecer, hijo mío, que
estás muy delgado!--
Entonces
Pablillo, comía, poco pero comía, para pasar cuanto antes a su deseada
estancia. A la que tenía acceso a través de un sencillo encantamiento; el
producido por el beso de su hada
madrina, el cual pronto lo trasportaba a ese mundo que él creía, más suyo. En él veía un paisaje un poco más
limpio, aunque su espesa niebla hacia casi imperceptible cualquier nitidez; y lo
peor, es que aquí, Pablillo, descubrió que era una pequeña oruga, eso sí, muy
brillante y saltarina; la cual sentía un gran apetito por las sabrosas hojitas,
tan abundantes y nutritivas para el crecimiento.
Así
Pablillo, fue creciendo y creciendo en poderes sensoriales, hasta que su
contrariado interior provocó su máxima intranquilidad. No entendía por qué,
esas noches pasaron a ser tormentosas pesadillas repletas de preguntas, que él
no sabía contestarse.
Por eso volvió a vivir nuevamente los días,
buscando repuestas fuera de su larvada impotencia.
En
sus largos paseos, Pablillo, observaba todos los detalles que pudieran dale
pistas para desenredar su enmarañada incertidumbre; sintiéndose ahora, como
semejante componente de un amplio fractal de seres, solitarios y meditabundos,
con sus amorfas cabezas, semejantes a interrogantes crisálidas, que solo
trasmitían una contaminante lluvia acida, saturada de porqués, cuyas respuestas
no habían encontrado todavía una tierra apropiada para germinar.
Y Pablillo, volvió a la noche y al día. Y el
tiempo pasó en espacios de silencios y colirios. Hasta que una noche, de las
suyas, observó que su aletargada ninfa, empezaba a removerse dentro de sí
misma, al percibir los aromas de cercanas flores, las cuales despertaron un
nuevo apetito, que lo incitaba a acercarse y saborear con amorosa admiración, a
cada una de las florecidas existencias que ahora observaba en su bello jardín
interior.
Un dulce beso con olor a pasiflora, lo sacó
de aquel profundo trance a un despejado día lleno de luz y color, percibiendo
un gozoso deseo de sentir y admirar la hermosa vida exterior que seguro
presentía.
Al salir, respiró con voluptuoso placer, aquel
aire que sentía que formaba parte de su más profunda ilusión; pues observaba
desde su flotante postura, que aquel largo invierno de su pasado, se había
vestido, de una primavera nunca vista anteriormente por él. Todo revoloteaba
felizmente a su alrededor. Las personas que se cruzaban con él, lo saludaban
afectuosamente, regalándole agradecidas sonrisas a su nueva forma de mirar.
El
mundo era como una gigantesca mariposa multicolor, sobre la que él ahora
volaba, felizmente identificado.
Entonces Pablillo, se dio cuenta que estaba,
soñando despierto, aunque se dijo, seguro de sí mismo; “que de su verdad, él era el legítimo dueño”.
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Al
principio yo volaba
y
veía desde lejos
solo
lo que me inventaba:
fantasías
de colores y personajes de cuento,
hadas,
momos y dragones,
además
de fuertes héroes
que
al final siempre ganaban.
Después seguí aterrizando
a
una visión diferente,
aunque
seguía imaginada
por
la poseedora mente
que
prejuzga sin dejar
que
la auténtica verdad
se
nos muestre libremente.
De esta forma me creé
un
mundo distorsionado
digno
de desprecio y odio,
lleno
de seres malvados
que
lo dominaban todo.
Más ahora vida mía
que
estoy viendo claramente
que
cuanto más te conozco,
por
verte yo diferente,
te
estoy viendo más real,
libre
de mi fantasía.
En tu visión reconozco
mi
aterrizaje final,
pues
solo veré reales
a
los seres de este mundo,
si
despojado de alas,
temerosas
de verdad,
con
humilde pretensión
voy
conociendo sus vidas
con
cercana admiración.
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Quiero
atrapar la realidad, cual mariposa inquieta,
que
no me deja definirle sus mágicas verdades.
Pues
veo en su existencia un parpadeo;
de
es, y no es; de es y no es; de es y no es;
siempre
diferente e incomprensible.
Y
mi intención se rinde a imaginar,
que
a lo mejor no haya una realidad,
de
simpleza acorde con mi simpleza,
sino,
múltiple y diversa,
dispuesta
a ser observada, tan solo,
por
una multitud de infinitos ojos.
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