LO HE LEIDO, LO HE SOÑADO, LO HE VIVIDO..., YA NO LO RECUERDO, QUE MÁS DA.

sábado, 3 de marzo de 2018

Desde cerradas situaciones




Desde cerradas situaciones nocturnas, deseosas de amaneceres, a veces se pueden ver, luminosas estrellas guía de humana naturaleza:
seres extraterrestres destacados en dulzura y en bondad;
adelantados precursores de otra especie homínida
que por su evolución, pertenece a un más allá de este planeta "Tierra" que viaja constantemente buscando estados de alto rango celestial.
¡Quién sabe, quizás, por qué no! Podría ser que en un mañana no tan lejano, se haga realidad el siempre soñado reino prometido, aquí en nuestro planeta "Gaia", elevado hasta plenas alturas de divina categoría; de paz, justicia y amor. Donde sus angelicales habitantes recibirán con espíritus abiertos a todas las almas antepasadas que con serena paciencia siempre esperaron su anhelado cielo.
¡Quién sabe, quizás, por qué no! Podría ser que la mayor realidad se encuentre en la profunda esencia de nuestros deseos, y que esta solo espera que con ilusionada esperanza, nos la creamos.
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 Excelentísima dueña de mi corazón, aunque yo sea herramienta inapropiada, úsame para todo lo que gustes.                                      

Úsame para servirte, para amarte, para que sea muleta de tus dolores.                                                                                           
Pliega en mí, la forma que necesites, pule mis bordes para que mi áspero ser encaje en tus deseos. Elabórame a tu gusto, porque con tu maña, seguro que me encuentras algún apaño para que te sea útil.   
Úsame, úsame como te de la gana                                               

Úsame, aunque cada día sea para ti, un artículo de usar y tirar. 

domingo, 11 de febrero de 2018

No dudemos en valores




No dudemos en valores
predominantes de vida
que ocupan indispensables
sus puestos de jerarquía,
pues sobre todos está
la jerarquía mayor,
como la felicidad
que siempre dependerá
del valor de nuestro amor.
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Hace tanto tiempo que fui feliz
que ya no recuerdo en que vida fue.
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La verdad de cualquier ser humano
está por encima de su físico.
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En este mundo de capas
de hábitos y uniformes,
protocolos y etiquetas
de glamures y renombres
que maquillan y disfrazan
desnudas intimidades;
quien más tapa más esconde.
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Siempre con el pie en el freno
tendré que ir por este mundo,
tan lleno de baches.
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En esta vida, primeramente vamos como niños, buscando presurosamente no sé qué tesoro soñado, hasta que en algún destacado extremo de desencanto, comenzamos a volver, plácidamente, aprendiendo de toda experiencia pasada y presente. Convirtiendo la prisa en paciencia, la conquista en constancia, el rechazo o el apego en aceptación, la obsesión en esperanza, el combate en resistencia, la curiosidad en observación, la pasión en amor y el amor en amistad..
Un caminar que amansa el paso y regresa de su desbocada búsqueda, que avanza sin mirar camino, y se aleja de la fuente verdadera, del tesoro más preciado, que se encuentra tan cerca, que siempre está a nuestro lado.
Por eso, en nuestra vida, que bueno es estar de vuelta.
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El estado ideal;
sin miedo,
sin dolor,
sin cansancio,
sin frio ni calor,
sin preocupaciones,
sin prisas,
sin frustraciones,
ni aburrimientos.
Eterno silencio de una nada
que ya nunca tendrá:
necesidades ni carencias,
ni altibajos de suerte;
“el de la muerte”


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                                   MEDIAS  AVANDONADAS

-¡Nos está mirando, sí, nos está mirando! Ese joven que espera el autobús. Seguro que se estará preguntando: ¿Qué hará ese fino par de medias abandonado en el sucio asfalto? A punto estuvo de cogernos, se le vio en sus excitados ojos, seguramente por el morbo que le supondría tenernos como fetiches sexuales. Mas no pudo, que pena, por la llegada de su autobús; el cual, dicho sea de paso, nos puso pingando de barro al pisar un cercano charco.
 Y aquí estamos, agonizantes, por culpa de una larga historia que pasó apenas sin darnos cuenta. Como si fuera ayer, recordamos, cuando aquellas largas piernas de suave y joven piel, se sintieron todavía más hermosas con el brillo de nuestra fina seda. Con ellas participamos en  tantas gratificantes experiencias, en las que fuimos dulcemente admiradas y pasionalmente  acariciadas, a través de las cuales nos sentimos, intimas cómplices de nuestra satisfecha portadora. Nosotras éramos sus preferidas, reservadas  tan solo para ocasiones especiales, que en aquellos primeros tiempos fueron casi constantes: fiestas y amores sin descanso que necesitaban de estratégicos horarios para no mezclarse.
 Todo fue un feliz desenfreno hasta que poco a poco, juntamente con la piel de la que formábamos casi parte, fuimos sintiendo que nuestra elástica tersura se fue debilitando. Aquellas fiestas y acontecimientos amorosos se fueron esparciendo hasta casi desaparecer. Ahora, éramos más disimuladoras que potenciadoras de aquella desgastada juventud que tanto nos necesitaba. Cuantas veces llegamos con ella, a esta húmeda parada de autobús, para pasear a solas por las orillas del cercano canal: un ancho cauce de profundas aguas plomizas, impenetrable espejo donde bailaban  como caleidoscopios las lejanas luces de la ciudad, espectro luminoso que emborrachaba los sentidos, haciéndolos creer en somnolientas esperanzas de encontrarse con alguna bella historia de amor, venida del pasado.
 Últimamente sufríamos con ella un desencanto creciente que nos llevaba a exhibirnos provocativamente más arriba de correctas composturas, sin que por ello hubiera resultados positivos, más bien, la indiferencia era la desagradable respuesta, cotidianamente recibida. Hasta que toda esperanza se agotó; ya que nuestras existencias habían perdido todo interés de seguir caminando hacia ningún motivo de vida.
 En sus vacilantes piernas percibimos su cansancio. Ya apenas querían andar, aunque seguramente, movidas por alguna excitante dosis de no sé qué bebedizo, hizo que instintivamente nos dirigiéramos hacia esta solitaria parada de autobús, en la que pasamos largo rato aposentados en cabizbaja postura, pensando sin pensar, en nuestro irreversible destino.
 Aunque no sabemos por qué se despojó de nosotras; quizás sería un intento final de desnudarse de sí misma. Ni sabemos por qué desagradecidamente nos abandonó y no nos dejó seguir siendo piel de su piel hasta el fin de su fin.
 Sabemos que ella optó por tomar un nuevo viaje para escapar de la cárcel de su insípida vida. Seguramente se hizo una con las negras aguas, cegadoras del canal, capaces de cerrarle puertas a esta efímera vida, y por qué no, poder abrir otras hacia un más allá luminoso y feliz donde el amor y la belleza podrían ser eternos.
 ¡Nos están mirando, sí, nos están mirando! Los que esperan encontrar siempre a alguien que los espere. Con sus indiferentes miradas ante los pequeños detalles, ajenos a sus lineales rutas. ¡Por favor! No nos dejéis morir en esta pestilente situación. Arrojarnos al canal, salvarnos con ella. Que nuestras fibras con el tiempo, aprendieron a ser humanas.
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miércoles, 29 de noviembre de 2017

El sapo





Aquí estoy. Aquí me encuentro, hundido en este espeso cenagal, inmovilizante, preso de mi inanimada vida. Siempre esperando que la suerte se acerque a mi alargada lengua, único musculo capaz de moverse hacia donde mi pereza corporal, no puede o no quiere llegar.
No sé si me hice o nací, en esta naturaleza Kafkiana que no me incentiva a luchar ágilmente por mi cotidiano porvenir. Seguramente provengo de gráciles batracios, saltadores y nadadores en fluidos de libertad, y alguna contrariedad congénita o adquirida, me dio lugar a esta atascada vivencia en la que solo espero, perezosamente, esforzándome pasivamente con impaciencias secretoras de efluvios de cinismo irresponsable, que no camina hacia ningún lado.
A lo mejor, si me atreviera a salir de este barro en el que voluntariamente me escondo, y pudiera limpiar mi falta de voluntad en alguna clara fuente de libertad, se me cambiara este rasposo aspecto que al mundo le impide comprenderme, y a lo mejor, sin tener que saltar demasiado, pudiera vivir como un normal anfibio, capaz de caminar en esta vida de asfalto y horarios obligatorios, alternando en escapadas a vocacionales charcas de mi deseado hábitat natural.


domingo, 26 de noviembre de 2017

¿Puede ser el humano su dueño, su Dios?




      ¿PUEDE SER  EL HUMANO SU DUEÑO, SU DIOS?



A veces echo mi alma sobre soñados arroyos cristalinos, para que nade y se sumerja en sus trasparentes verdades de siempre y de más allá. Yo desde la orilla la sigo, parándome en sus remolinos de duda o avanzando serenamente en las tranquilas corrientes que caen por inclinadas lógicas. Hablamos y conversamos, yo con mis extrañas preguntas, mientras que ella me responde con sus humildes certezas.

-¿Qué sería de los obreros sin patrón, sin dueño?- Le pregunto.- Obreros amantes de sus trabajos, detallistas de sus labores profesionales de toda índole. Los que recolectan el alimento de la tierra y el mar, los que fabrican utensilios  necesarios para la vida, los que construyen sencillas viviendas imprescindibles para el cobijo o las prendas de vestir protectoras de intimidades y fríos. Obreros que saben de sus oficios con elevados conocimientos de maña y perfección.

Y la respuesta entre dudas me dice que el patrón, el dueño, el que manda, tan solo se encarga de mandar; de poner abusivos horarios de jornada y mínimos sueldos que le aporten a su dirigente intervención una máxima rentabilidad.

Después mi pregunta se hace un poco más incisiva, indagando sobre necesidades de dirigentes para el obrero; recibiendo contestaciones de que a lo mejor los obreros deberían de estar orientados por formados  especialistas, capaces de guiar la producción de productos, según la necesidades de un pueblo equilibradamente consumidor, respetuoso con un medio ambiente, aportador de las riquezas naturales que deben de ser inteligentemente respetadas. Para esto, debieran mandar exclusivamente los más sabios conocedores de lo mejor para la vida y el género humano.

El obrero, sí, necesita dirigentes, pero tan humildes que supieran reconocer que la labor de los sagrados artesanos, tendría derecho a ser reconocida con la misma valoración profesional que la de ellos. Ya que los dirigentes, no deben de ser absolutos protagonistas de guiar a un pueblo obrero como si fuera un rebaño, sino siendo respetuosos orientadores que saben que cada especialista es único en su oficio, imprescindible para una labor en común.

Ahora, mi pregunta se cambia de escenario, pues a sabiendas de que el humano, primitivamente, no puede pasar sin dirigentes, sin líderes; le viene a mi duda una pregunta posiblemente, completamente imprudente.

-¿Qué sería de los que aman, sin Dios? Alma mía, tú que te tuteas con profundas verdades, dime si puedes ¿Que sería de los verdaderos adoradores del amor, en espíritu y en verdad, sin religión, sin líderes que sustituyan sus faltas de fe en sí mismos?

-¿Qué sería del creyente sin Dios?

¿Del creyente que cree que cada ser, que cada parte de la existencia, contiene íntegramente la individual imagen de un todo divino que variadamente proyecta su infinita diversidad.

 Del creyente que cree que en su humana complejidad, dispone de un universo de sentimientos, empatías y comprensiones, a través de los cuales puede sentirse, humildemente conocedor, de todo existencial misterio, que solo a través de sí mismo puede descubrir.

 Del creyente que cree que no hay clases de altas y bajas categorías entre las sustancias creadas y creadoras, en una infinita procreación existencial. Que no hay una separada Divinidad, absoluta y poderosa, habitadora de celestes alturas, y un bajo mundo, indigno de toda gracia, por la bastarda esencia de su vil naturaleza?

Y mi buceadora alma, buscando verdades en la trasparente claridad de lo profundo, me dice que le queda mucho por nadar para descubrir repuestas, nunca concluyentes. Pero que cree que se encuentra en la buena ruta de saber: que llegará un tiempo en el que cualquier humano creyente, se sentirá completo en sí mismo, a sabiendas de que si quiere buscarse la verdad, tan solo tendrá que mirarse por dentro y preguntarle a su alma, siempre habitadora de profundos arroyos cristalinos; conectados todos a la divina grandeza que somos, y que nos contiene.
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