LO HE LEIDO, LO HE SOÑADO, LO HE VIVIDO..., YA NO LO RECUERDO, QUE MÁS DA.

martes, 12 de abril de 2016

"La vida pesa"





“La vida pesa”
Nos carga de pesares y dolencias
que nos pesan cada día más.
Los hombros decaen
la esbeltez se encorva,
nuestro caminar
se nos hace lento,
en las piernas sentimos
el peso del tiempo.

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“Como niños es la vida”
Con su cariño egoísta, que por tanto querernos, no consiente que nos despreocupemos de ella ni un solo momento. Llama nuestra atención constantemente con problemas y travesuras que nos dan mucho que hacer. Ríe cuando estamos contentos con ella, y nos abraza cariñosamente; aunque también, cuando detecta nuestro mal humor; llora, grita e incordia nuestra desesperanza con su desesperanza, hasta que vemos que no hay otra solución que aceptarla con paciencia y con cariño.
Infantil es la vida, caprichosa y cambiante a cada paso. Nos da penas y alegrías sin parar; más al que no la soporta, más penas que alegrías le aporta.
Nuestra vida, no para de pedirnos: alimento, juego o descanso. Cuando se aburre, nos aburre, por no soportar nuestra falta de dedicación. Muchas veces, no nos deja dormir con sus desvelos y pesadillas.
Más ahora, dudando de esta teoría seguramente infantil, estoy creyendo que al parecer, no solo hay una vida” hija de su madre”, sino otra vida madre: “la madre que nos parió”, sin pedirnos permiso para nacer. La que tiene nuestro alimento en sus senos y en su piel, aunque no hay otra forma de obtenerlo si no es ordeñándola  trabajosamente. Una vida madre, primitiva e injusta que siempre nos expone a competir para vivirla, dándole ventaja a la fuerza bruta y a la maligna astucia, que crea tanta desigualdad.
En fin, una vida infantil que debe crece en conciencia, y otra madre, que debe madurar en sabiduría y amor. Dos en una, íntimamente unidas en ese caminar evolutivo en la que la espiritual visión humana, tiene mucho que decir, y sobretodo, hacer.


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“Acérquense y jueguen sus papeletas, en la gran tómbola de la vida”, que todas tienen premio. Apuesten ilusiones que puede ser que acierten los premios mayores, tenemos: paz, amor y libertad, salud,  justicia y felicidad, “que les puede tocar más de uno”.
Poned de vuestra parte, ese pequeño valor que solo se les pide.
Jugad y elegir, que vuestra suerte está en vuestras manos, y no es todo bueno.
Comprad boletos de mayor o menor cuantía, que hay muchos premios para ganar; tenemos: trabajo, dinero para comprar, empresa, amistades, y muchos muñecos piloto que os llevarán a un sentido de vida siempre dedicado a ellos.
No se queden fuera, juéguense la vida si quieren vivirla.
Acérquense todos.
Apostad por vivir momentos buenos
que los malos vienen solos.

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martes, 5 de abril de 2016

Esta noche he tenido un sueño.

 

Esta noche he tenido un sueño:
el sueño de que revolucionariamente, en el mundo, se había declarado la paz.
Iba la gente, tumultuosamente, saludando y abrazando a todos los que al paso encontraban, invitándoles con alegría a que tomaran parte de la revuelta popular. Sacaban libremente a los soldados de sus tanques, a los que sometían con afectuosos clamores y sonrisas que contaminaban de paz a todos los que portaban armas, los cuales, enfermos de la misma perturbación, las arrojaban con desprecio.
La gente corría despavorida de felicidad, algunos lanzando dinero al viento, el cual revoloteaba con tal abundancia que parecían copos de papel; maná que llegaba a todas las manos necesitadas.
La minoría resistente era convencida a base de jubiloso optimismo y manifestaciones de sincero cariño y aceptación. No había mal que no se rindiera ante el poder de tanta bondad.
Las plantas y los animales parecían contagiarse de la misma alegría; las plantas con sus colores y flores, pregonando primavera; los animales retozando, cantando y volando en una explosión de divina fiesta en la que todos lucían su maravillosa diversidad.
La paz había ganado. En el mundo no había violencia ni hambre, todos vivían sencillamente pero sin carencia. Las máquinas y la tecnología pasaron a ser solo servidoras del bienestar humano, potenciándose los valores ecológicos, culturales y de afectividad con todos y con todo. Al amor se le dio la divinidad máxima, gestor y creador de todo lo existente y por existir. Desaparecieron las oraciones rogativas y de perdón, para pasar solo a continuas alabanzas, manifestadas a través de los sentidos, los cuales disfrutaban de la extensa y variadísima abundancia que de todo manaba, siendo esta emanación de olores, sabores, colores, texturas y sonidos, a la vez, sabidas alabanzas emitidas por toda existencia agradecida.
Al trabajo, se le cambió el nombre por el de servicio, el cual era un gozo para todos, ya que cada persona buscaba servir en lo que mejor sabía, no faltándole a nadie dedicación ni descanso.
La esperanza, ahora era una virtud activa, porque en un mundo en paz se podía crecer infinitamente en felicidad. Todo era un big bang de belleza y armonía, de alegría y amor.
Anoche tuve un sueño, ya sé que solo un sueño, con el que ahora, un poco más despierto sigo soñando.
La revolución de amor y paz que en este mundo, desde siempre se está esperando.

lunes, 21 de marzo de 2016

¡Usame amor!




¡Úsame amor! como si fuera un clínex,

para limpiar tus lagrimas,
para sonar tus enfados.
Úsame para lo que te pueda servir,
apenas poco, ya lo sé.
Más úsame. Porque quiero ser;
no más allá de lo que sirvo;
un pañuelo usado por ti.

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El que busca, después de frustrarse en rebuscos

de alguna realidad, en sus bolsillos inflados de sueños,
cargado se notó de algo realmente pesado
que ahora más que antes, soportaban sus piernas.

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No quieras tapar con tu capa

tus vergüenzas exteriores
porque seguro destapas
las que son mucho peores.

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No te tapes la cara

con tu falda, por vergüenza,
que enseñarás tu culo,
sin vergüenza.

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En esta vida, no hay que decir demasiadas verdades

sin dejar de ser suficientemente sincero.

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Esta vida de malos y buenos, es un subconjunto de un conjunto mayor; una visión, solo percibida por el género humano; que aunque real, no lo es tanto, si se mira con otros ojos, separados de dolientes yoes egoístas, o de odiosas justicias que solo se limitan a culpar. Ojos capaces de empatizar, comprender, disculpar, y sobre todo de amar.                   

Por esto, miremos con otros ojos para ver otra verdad, más allá de verdades atascadas en lodazales de suelo. Una verdad que se eleve sobre nuestras bajas particularidades, para poder ver desde la amorosa comprensión, la errada inocencia que a todos nos inculpa. Para que el mal, no nos malee, y nos convierta a todos en malos.
Creamos en el bien sobre todas las cosas, y pensemos, que no hay mal que por bien no venga. Corrijamos y corrijámonos en lo que podamos, pensando que el pasado no existe, y que cada presente es origen de futuro, porque lo echo, echo está, y no se puede cambiar, mientras que el presente es nuestro, para creer que todo puede cambiar, si queremos, que es poder, sobre todo, comprendiendo que la mejor forma para que algo cambie a bueno, es creyendo que no es tan malo. Como todo, como todos, sin salvarnos de nada.
Qué bueno sería que nos sintiéramos, menos individuos aislados, y más humanidad, o mejor: “vida”, plural y conjunta en la que la evolución nunca se hará por partes.
Seguramente en el juicio final, no el dictado por la maliciosa religión, sino el de una luz, que en la antesala de la sombra final, nos haga descubrir lo que nos hemos perdido por no ver mejor la vida que se nos acaba.

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A más, más, y a menos, menos.

A más alabanzas, más avances en lo alabado, mientras que las críticas negativas producen merma en lo criticado.
En la infancia, todo hecho positivo debiera ser alabado. Cualquier pequeña aptitud o actividad positiva, debiera ser incentivada con el elogio, buscando disimular las críticas a los errores con inmediatas alabanzas a la capacidad de poder remediarlos.
Claro está que somos, bastante, lo que nos dijeron que éramos: acertados, trabajadores, dominadores de cualquier tema, o simplemente buenos.
Todavía a cierta edad, nos potencian las buenas críticas. A todos nos gustan y nos animan las alabanzas, Ya que quien quiera corregirnos con amor, mejor sería que cambiara el mal por el error, animándonos a que siempre podemos cambiar.

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Aquellos Domingos de Ramos, soleados de mi niñez, con sus impecables palmeras, distinguidoras de señorío, y las humildes ramitas de olivo, llevadas por suplicantes manos de sencillas gentes.                                                                                                                          

Todo lucía para mí a fiesta mayor, casi celestial me parecía. El señor en borriquilla alabado  por un pueblo unido; decían: amaros los unos a los otros, que se ponga el ultimo el que quiera ser el primero en el reino de Dios, bienaventurados los pobres, los mansos y los que lloran a causa de la injusticia.
Y yo me lo creía, que aquellos que rezaban lo sentían. Aunque ahora sé que me engañaron. Que al marginado, al desahuciado, al refugiado, al pobre, al último, en este reino de beatería, nadie lo tiene en cuenta. Es despreciado y olvidado; si acaso, alguna mísera limosna para rentabilizar la falsa caridad de los injustos abusadores de los sin derechos.
Me engañaron, aquellos que elegantemente rezaban, porque no amaban ni sentían que todos fuéramos  hermanos. No querían que la felicidad ni la vida fueran justamente repartidas, ni sus especuladas  ganancias, obtenidas  a través del sudor y la sangre del mal pagado pueblo. Y las bienaventuranzas las querían para ellos, de lujo y comodidad, de gloria y seguridad.
Me engañaron con sus ceremonias fingidas porque no comparten el pan, ni comulgan con las necesidades de tanta pobre gente que muere de hambre y de frío sin que en nombre de Dios, nadie denuncie a los culpables avariciosos que todo lo acumulan, aunque les sobre, solo por sentir el endiablado poder de “tener”.
Me engañaron sobre el Domingo de Ramos, tan luminoso y divino, en el que en  mi  infancia me hizo sentirme cercano a la gloria, en un mundo casi bueno en el que la fe era una virtud fácil de tener. Y me engañaron, porque aquellos que rezaban con solemne devoción, ahora se, que nunca ha creído verdaderamente ni en Dios, al menos en ese Dios de amor y justicia en el que yo quisiera creer, a pesar de tanto engaño.