LO HE LEIDO, LO HE SOÑADO, LO HE VIVIDO..., YA NO LO RECUERDO, QUE MÁS DA.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El mensajero





                                                       
  Érase una vez un poderoso rey llamado Makria que vivía en un amplio castillo situado en la cumbre mas alta de sus domineos.

  Todos sus mandatos eran trasmitidos a su pueblo a través de autorizados mensajeros, los cuales en su nombre, dogmatizaban las leyes que incuestionablemente debían cumplirse.

    Como esta dedicación le ocupaba muy poco tiempo, además del distanciamiento respetuoso que le rendían sus devotos súbditos; el alejado rey sufría de una insoportable soledad y un inactivo aburrimiento que le hacían sentirse vacío de sí mismo.

  Muchas noches velaba atosigado por la misma desazón: la de su corazón ansiando degustar los sabores del amor.

  Dio orden a sus mensajeros para que se presentaran ante él  las más angelicales damas de su corte, aunque ante ninguna de ellas sintió el intenso pálpito que necesitaba su real deseo.

  Cansado, el desdichado rey, de la torpe genialidad para el amor de sus distinguidos vasallos, optó por liberarlos de la tarea encomendada, rendido a que ninguno de ellos le sirviera a la altura de su digna persona.

  Así siguió, entre días atormentados por su obsesión y noches de duermevela en las que deliraba soñando con hermosas féminas, sublimes e irreales, semejantes a flores; candorosas y suaves, abiertas y sonrosadas, con sus fragancias naturales; y se enamoraba de sus sueños, aunque al despertar, nuevamente caía en el desencanto de su realidad.

  Una mañana, paseando por su cuidado jardín, le vino a su real entendimiento que quien cuidaba con tan  exquisito saber de aquellas bellas flores, debía de saber elegir con delicado primor a la amada que buscaba. Por lo que llamó a su jardinero.

  Un joven mozo, de  torso desnudo, llamado Asylo, dotado de fuertes miembros y ágil mirada, su piel morena a causa de estar expuesta a soleados exteriores parecía tener dorados brillos metálicos. Todo su ser desprendía hermosura, como si su cuerpo recibiera el alimento de la esencia de su bello jardín.

  La llamada de su majestad Makria, fue inmediatamente atendida por su atenta presencia, adornada con su más servicial sonrisa. Seguidamente le mandó que se vistiera con ropas decentes, aunque no demasiado lujosas y le dijo que bajara a sus lejanos dominios para buscarle la dama cuya belleza superara a las flores que él con tanto acierto cuidaba.

  Anduvo y viajó por todos los caminos y ciudades portando el mensaje de su poderoso señor, de buscarle la digna belleza que su grandeza merecía.

  El paisaje cambiaba, entre arbolados altiplanos y verdes valles, seguramente  cultivados por los esforzados nativos de los lugares que a su paso recorría. Los pequeños caminos a veces embarrados por las chorreras que desde la parte más alta los cruzaban, era difícil proseguirlos sin que sus mal calzados pies, quedaran afectadamente húmedos. No obstante su imperante cometido estaba por encima de cualquier impedimento. Sus cansados sentidos pudieron ver y sentir, dorados amaneceres y puestas de sol; oyeron cantar a la alondra y a la huidiza lechuza; se despertaron con el canto de los gallos y se durmieron con los lejanos ladridos de los perros. Descansaba donde podía; al raso, en cuevas o almiares, y cuando se le acabaron las pocas viandas que traía, tuvo que alimentarse de toda clase de frutos silvestres y de hierbajos dudosamente comestibles.  Muchas lindas doncellas encontró, aunque ninguna le pareció merecedora de ser intensamente amada.

  Al fin de su extenuante  búsqueda, cansado y sediento se acercó a una fuente donde quiso aplacar su sed, cuando de pronto a su lado, descubrió, envuelta en escasas y sencillas ropas, la más dulce hermosura que ni en sueños pudiera haber admirado él.

  Su cuerpo esbelto y cimbreante estaba contorneado por suaves curvas perfectamente situadas; su piel clara y sedosa brillaba con tonos rosados superando al terciopelo de la más bella flor, su cara redonda con muecas simpáticamente infantiles contenía unos grades ojos que invitaban a pasar, mirando,  toda una vida a la orilla de su azul.
  Ella no dejó de sonreír mientras la miraba.  

  Él, embelesado por su hipnotizadora  hermosura, cuando despertó un poco de su trance emocional, se atrevió a preguntarle por su nombre—Omorfia—contestó ella, enseñando el dulce aleteo de sus jugosos labios.

  Entre confuso e iluminado por la belleza de la joven, intentó, balbuceando, comunicarle el encargo de su señor; agregando que había encontrado en ella, el más preciado tesoro que el deseo de su amo merecía. 

  Al preguntarle  si quería recibir alta estima del dueño de su mensaje; ella, absorta en la mirada de su cercano admirador, sin apenas entender su pregunta, asintió, segura de que en la futura eternidad, a todo le diría que sí.

  Como el día amenazaba con terminarse y el aspecto del joven delataba claros síntomas de cansancio y hambre. La bella Omorfia, educada en la nativa costumbre de la hospitalidad, no dudó en invitarle a su humilde morada.

  Una sencilla cabaña de paredes bajas y gruesas seguramente construidas a base de piedras aglutinadas y bastamente enlucidas con una argamasa de barro mezclado con paja, la cubierta era de empinado caballete y de chamiza: atados y cosidos juncos puestos de forma que el agua de la lluvia resbalaba sobre ellos sin mojar el interior. Por dentro era sencilla, apenas tres  compartimentos separados por mamparas fijas, construidas a base de maderos sujetos con ramales y enlucidos con argamasa. En uno de estos compartimentos que era bastante mayor que los otros, sobre la pared principal había hacia arriba construida una chimenea en cuya base se encontraba la pava: una lumbre compuesta de gruesa leña cubierta de basta paja, la cual ralentizaba la combustión  de todo el conjunto. Ésta lumbre podía durar encendida todo el día.

  Allí le invitó a que secara sus ropas y lavara sus pies, ofreciéndole después una sencilla comida basada en algunas codornices y patatas  asadas en las brasas que apartó de la mencionada lumbre, en cuyo derredor, sentados en unas sillas de enea y patas cortas, se calentaban. Poco hablaron, tan solo sonriendo  se miraban mutuamente con admiración.

  A poco de amanecer el siguiente día, el cumplidor mensajero, volvió rápidamente al elevado castillo para informar a su respetable dueño del feliz encuentro;  detallándole minuciosamente todos  los hermosos rasgos de la aspirante a ser elegida por su exclusiva atracción.

  Su altísima majestad, reconociendo en la entusiasmada  explicación de su jardinero, la especial belleza de la elegida dama, no quiso forzar la relación que entre ellos debía de existir,  por lo que evitando emplear su poder, quiso conquistar el amor de la joven a través de poéticos mensajes de enamorado. Así que volvió a mandarlo al encuentro con su potencial amada; siendo ahora portador del sagrado mensaje  que su máxima  jerarquía le había encomendado.

  Nuevamente, el leal Asylo se encaminó hacia su lejano destino, aunque ahora, montado en el mejor caballo de la cuadra real: un brioso corcel, bayo cebruno de levantada cabeza y noble mirada que pronto se adaptó al ágil jinete que con tan suave maña lo guiaba. Trotó y galopó, cortando trochas hacia su conocido destino, percibiendo a la vez un galope interior que espoleaba su excitada premura, la que   apenas le dejaba tiempo para que su forzado caballo tuviera los necesarios descansos que necesitaba su aliento.

  Después de un corto viaje que a él se le hizo largo, divisó con explosiva emoción el pequeño poblado donde habitaba la hermosa  destinataria  de su mensaje. En el corazón de Omorfia, la frecuencia de varios latidos, avisaron de la cercana presencia de un emotivo estimulo cardiaco. Salió fuera alborotada y escuchó el tropel de unos cascos que apresuradamente se acercaban. Su sonrisa se abrió como un amanecer de primavera al verlo llegar, se saludaron tan de cerca que ambos  tuvieron que  sujetar  el mutuo deseo del abrazo. Ella, animada y diligente, guió al recién llegado, para que amarrara y alimentara  en el lugar más idóneo a su cansada montura. A continuación  le facilitó una gran zafa donde podía lavarse las partes más expuestas de su cuerpo. Posteriormente le sirvió una gran fuente de una  contundente comida hecha a base de semillas, grasas y verduras, cocidas al fuego lento de su encendido rincón. Después de comer y descansar, hablaron; él, del mensaje de su respetable rey, el cual a través de sus versos manifestaba, la poética pasión que sentía por la tan enaltecida dama que su mensajero le había descrito con tanta admiración; ella, de la preocupación que sentía  por el duro viaje que él había hecho para servirla. Quería saber de su trabajo, de sus gustos y deseos, de sus amores y desamores. Todo lo quería saber de él. Más la noche y el cansancio emborronaron los discernimientos  hasta que no les quedó más remedio que pasar al estadio del sueño.

  A la mañana siguiente, después de un contundente desayuno a base de leche migada, picatostes y embutidos de orza, propusieron pasear por el cercano campo compartiendo comentarios, cada uno de sus particulares conocimientos. Él le hablaba de sus cultivadas flores y árboles ornamentales que adornaban con olores y colores su estimado jardín. Ella, al paso, le enseñaba, frutos silvestres de sabroso sabor además de jugosas hierbas comestibles y medicinales. También le enseñó a distinguir algunas setas buenas de las malas, a recolectar huevos de aves situados en escondidos nidos, a admirar las  montañas y los valles, y el aire libre de los espacios abiertos.

  El mensajero, no pudo por más que hablarle de sus sentimientos: de cómo veía su adorable belleza, comparable al tesoro más preciado de su admiración, y le dijo que su vida ya no sería igual sin ella, y que la quería, sí, ya no podía callarlo; aunque a la vez le debía una devota obediencia a su respetado rey, al que no podía defraudar, porque se haría merecedor de su supremo castigo, ya que su divina majestad era el dueño de sus mensajes. Entonces Omorfia le dijo, mientras compartía con él una dorada manzana, que no entendía de mensajes amorosos indirectos que no fueran transmitidos  de corazón a corazón; que el amor no  podía ser ni obligado ni prohibido, sino libre. Que  solo serán creídos los mensajes por la nobleza y la sinceridad del mensajero, y que nunca habrá un digno mensaje verdadero, de amor, de  justicia o libertad, sino es trasmitido por un digno mensajero que esté a su altura.

  Las barreras de lo imposible de pronto se rompieron, y los dos debocados amores se fundieron en un cálido abrazo. Ya no había vuelta atrás. Aquella noche bendijeron íntimamente su apasionado amor sin apenas descanso, por lo que no los despertó; ni la alondra, ni el gallo, ni la luz del sol, sino el hambre, que los obligó a tener que cocinarse algo ligero: un canastillo de huevos de diferentes aves, revueltos  en una usada sartén, sobre las  escasas brasas que todavía quedaban.

  Varios días compartieron íntimamente todos sus actos e intentaron planear confusamente su complicado futuro. No sabían que hacer, ya que temían a la justiciera indignación del majestuoso  Makria.

  Pasaron algunos días en completa incertidumbre, cuando  inesperadamente, un apuesto caballero que dijo ser emisario del rey, les comunicó el avanzado estado de sospecha de su alta majestad por la tardanza en recibir noticias de su esperado y prometido idilio con la elegida Omorfia.

  Como las miradas delatoras de los azorados jóvenes, le hicieron ver el irresistible vinculo que entre ellos se había gestado. Comprendiendo que solo los podía hacer cambiar, la muerte. Con cautelosa complicidad les dijo que huyeran rápidamente, antes de que  las consagradas huestes del rey, vinieran con premura para apresarlos. A cambio él volvería con suma rapidez para decirle a su puntilloso jefe; que no hubo encuentro con los que al parecer ya habían huido.

  Antes de amanecer, aparejaron el caballo y se dispusieron  a huir, ligeros de equipaje. Cruzaron llanos y montañas, evitando los lugares de poca vegetación. Muchos días pasaron con algún miedo, aunque con mucha esperanza de encontrar un paradisiaco  más allá, donde podrían vivir su amorosa felicidad.

  Al fin, después de traspasar una elevada cordillera, claramente divisora de los dominios del abandonado reino, entraron en una fértil tierra, idónea para ser el esperado asentamiento de una nueva civilización.

  Un país sin jerarcas, donde todos sus habitantes tendrían la máxima categoría humana.    Un pueblo libre y comprometido, en el que no habría dictadores ni dictados; donde el amor y la vida serían siempre  como un jardín de infinitos colores, donde cada mensajero sería su propio mensaje; respetable y verdadero, con el especial color que le hiciera ver su particular cristalino. Ya que ninguna persona debe ser portadora de un mensaje que no lo haya hecho suyo.






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martes, 24 de enero de 2017

El árbol prohibido




Desde siempre ha habido un árbol, rebelde y maldito que ha querido crecer y expandirse entre la boscosa masa de este mundo. Ya, desde su primera presencia en el paraíso de lo extraterrenal, fue prohibido por el divino mandato de una primitiva Deidad que no quería competencias desleales a su exclusivo poder.
Aunque posteriormente, por culpa de un accidental atragantamiento, seguido de una presurosa huida, su perniciosa semilla fue trasportada y depositada, escatológicamente, sobre la árida tierra del penoso exilio terrenal del ser humano.
En los primeros tiempos, a esta semilla le costó mucho germinar en su nuevo suelo, siendo sus brotes constantemente  pisoteados y despreciados por la maldición que sobre este árbol recaía. Muy pocos atrevidos, en secreto, comieron sus exiguos frutos;  apenas menudas bayas, productoras de extrañas alucinaciones, incomprensibles por las pocas referencias mentales, de las que disponían sus profanos consumidores.
Algunos, bajo los efectos de sus potentes síntomas de liberación, incurrieron en imprudentes declaraciones contra lo institucionalmente establecido, sufriendo a consecuencia, la persecución y el martirio de la hoguera o la crucifixión. Quedando los mejor parados en ser tratados de locos o endemoniados. Cuando se trataba de mujeres, las denominaban” brujas”, a las que también se les castigaba con el desprecio y la hoguera.
Todos los poderes de este mundo, intentaron destruir e impedir la proliferación de este maldito árbol  que no pudo ser extinguido por la fuerza, aunque sí por la astucia, que naturalmente se desarrolla en la rastrera soberbia del limitado intelecto. Esta astucia, proclamó y sigue proclamando: que la conciencia se aprende a través de la moral; que la ideología debe ser, un copia y pega, de la de cualquier líder que se designe a sí mismo, sabedor de lo que debe ser; que la creencia debe de estar encasillada en los dogmas de la religión más cercana; que no se debe pensar por sí solo, porque esto lleva a la duda, a la infelicidad y a la locura. Aunque sí se debe memorizar  lo suficiente para que las saturadas mentes, repletas de superfluos datos, se queden relajadamente en paz.
Entonces, el pueblo se amansó hipnóticamente y trabajó, luchó y murió, defendiendo siempre el interés de sus amos. La obligación, la lealtad, el patriotismo y la fe ciega, se convirtieron en los valores más destacados del ser humano. El poder dominador fue envidiado y adorado por unos sumisos súbditos que sentían orgullo de servirle.
Las protestas, las revoluciones o las guerras, eran todas planificadas por los poderes interesados. Todo mensaje del tipo que fuere, estaba filtrado, censurado e inventado, para que desempeñara el efecto deseado en el manipulado pueblo. Se desarrollaron muchas distracciones, movedoras de masas, para controlar al obediente rebaño humano en el apropiado redil.
Muy pocos se salvaron de esta reglada felicidad. Solamente gente rara, que parecieron locos, que no reían cuando había que reír, ni lloraban cuando había que llorar. Extraños humanos amantes de la naturaleza y de la soledad que encontraron entre el silencio, pequeños frutos desecados por el olvido, y que a escondidas los degustaron en la intimidad del sueño. Que hablan y a veces predican, incomprensibles ideas para un futuro mundo mejor.
Ellos se cosechan sus particulares bonsáis para su personal consumo. No hay muchos  pero sí bastantes y cada día más, repartidos en todos los empleos y dedicaciones. Aunque siempre a contracorriente de la homogénea masa que los rodea.
No destacan físicamente ni en capacidad de liderar. Pasan bastante desapercibidos hasta que denuncian en soledad, la injusticia cercana, en contra de lo esperado por el cómplice silencio de la domada colectividad.
Ese árbol prohibido, siempre fue perseguido, talado, quemado e ignorado por la inmensa mayoría; manipulada, uniformada y convencida de que la verdadera ciencia del saber se encuentra en los adelantos tecnológicos y no en la capacidad de comprender, de empatizar, de perdonar, de sentir la verdad a través de cuestionarlo todo, aunque todo esto dé lugar a una forma de vida totalmente inestable y llena de dudas.
Por eso atrevidos, comed de este árbol sus frutos prohibidos y descubriréis la verdad sincera, sin contaminar, la que os hará libres, la que sentiréis en lo más profundo de vuestra opinión. Seréis como Dios, juzgareis el mal, sin odio y sin ira, sabiendo que es solo la pobre torpeza de un mundo atrasado en evolución.
Buscarlo y lo encontrareis. En las altas soledades de las montañas es fácil dar con él.
El árbol de la ciencia de la conciencia sigue vivo, exclusivo para seres humanos que no soportan las rejas que encarcelan las ideas, y que se buscan salidas hacia profundos adentros donde la libertad se abre hacia infinitos caminos.
Buscad en señales, interpretad sonidos, leed entre líneas, pues muchas de sus semillas se pueden encontrar, escondidas, entre las páginas de algunos  libros.

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sábado, 21 de enero de 2017

Hoy es tu cumpleaños ¡mi amor!




Hoy es tu cumpleaños ¡ mi amor!
y me dices, quien lo diría,
que cumples sesenta y dos.
Perdona que mi falta de memoria
no sepa mirar tu edad
sino tu sabia hermosura
a la que el tiempo embellece
como a la fruta madura.
Y ya puestos en perdón,
Perdona por mi falta de cordura
para servirte y para amarte.
Perdona por necesitarte tanto,
y ser rémora que se alimenta,
de tu ánimo, de tu fuerza y tu valentía;
satélite que se luce con tu luz,
la de estrella palpitante de energía.
Perdona porque mi amor hacia ti
sea tan infantil,
tan dependiente de tu mirada
aprobatoria.
Porque siendo viejo,
todavía necesito de tu pecho,
cálido al abrazarme.
Perdona el egoísmo de mis tristezas
producidas por amneas de tu aliento.
Y en fin,
Perdona por no ser el amor que te mereces,
aunque me esfuerce.
porque ni en cien vidas
podría alcanzar tu nivel.
Por eso me rindo
a que me quieras como quieras
y para lo que quieras,
aunque sea tan solo
para sentirte adorada
por un humilde súbdito
de tu grandeza.
El que sabe que tú eres
como un cálido edredón
que cobija a quien se mete
en tu blando corazón,
donde tienes tanta gente
que te dará siempre amor.

FELIZ   CUMPLEAÑOS

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Yo soy un gran campeón




Yo soy un gran campeón,
llevando toda cuestión
a vaivenes de posturas
que no tengan conclusión,
lejos de orillas seguras
que me den limitación,
porque soy experto en dudas.

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En horas desencantadas de fundamento, cuando el presente se queda a solas consigo mismo, se me asoman preguntas incordies, o mejor dicho; insomnes e insistentes en saber: ¿A dónde quedan nuestras ilusiones y sueños no cumplidos?

Y después del silencio de un vacío ignorante, se me hace necesaria la respuesta. Que se conforma con inventos desvariados de razón, aunque no de corazón. De que pudiera ser, que solo fuéramos en realidad, tan solo ojos, sentidos, capaces de ver según su apertura; desde la más cerrada nada hasta la maravillosa plenitud de una existencia, que siempre estuvo y estará aquí; y que se hace realidad en nosotros, cuando somos capaces de mirarla.

Y que fuéramos, no más ni menos que recipientes; Santos Griales, contenedores de espíritu; angelical, impotente e incompleto, que necesita de cuerpos; materia, para realizarse y experimentar la vida, integral y verdadera.

Después, cuando los cuerpos se rompen o se desgastan por el uso; ese espíritu ocupador, ya enriquecido de experiencia y de color, busca otros cuerpos donde seguir haciendo su amor. Amor entre espíritu y materia, que se encarna y reencarna en cada ser que se pare a si mismo, dando a luz, la divina descendencia legitima de la vida, capaz de gozar, sufrir y de dar sus temporal estado por ella.

Entonces, la incertidumbre de mi duda queda un poco restablecida por la inventada respuesta. Pues me digo, que no hay desperdicio de ninguna vivencia, cumplida o no, por muy insignificante que la creamos.

Ya que todos compartimos la misma existencia, como afluentes de un mar universal, al que todo llega. Y que enriquecido con sabores y dolores, con deseos conseguidos y sueños por conseguir. Después se evapora y llueve, su diversa policromía creciente en luz, sobre otras nuevas materias, que heredan todo el patrimonio acumulado de evolución y sabiduría, de deseo, poesía y amor.

Por eso, nada se pierde en esa existencia colectiva, a la que podríamos llamarle, Dios.

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         El cuento de la Navidad


Mucho colorido, y luces de fiesta,

los escaparates, son los más lucidos,
llenos de regalos, con precios subidos,
para quien los pueda.
Al paso los mira un niño con frio,
no tiene chaqueta.
¿Es verdad mamá que nacerá un Cristo
que nos salvará?
Hijo no lo creas,
 tan solo es un cuento.
Llevan muchos años diciendo que nace
y solo es comercio.
Quieren que creamos
que si festejamos cada nacimiento,
nos renovaremos
 a nuestras miserias y malos trabajos,
sin que recordemos los años pasados.
¿Y los Reyes Magos, también son mentira?
Eso no,¡ lucero!
Que para eso estamos, los que te queremos.
Te daremos vida, cariño y amor,
y te enseñaremos la verdad mayor,
la que no es un cuento de falso exterior,
que deja que mueran tantos niños pobres
en campos de olvido,
para las creencias que alaban cantando
sus pocas conciencias.
Porque la verdad, está en tu interior,
donde echa raíces el buen sentimiento.
Por eso hijo mío, mírate por dentro,
que allí con paciencia, podrás construirte
un real Nacimiento,
en el que tú seas, el hijo de Dios,
que en ti, nacerá.
Si crees que la vida merece la pena,
y luchas a muerte, con armas de amor,
para que en el mundo no haya injusticia,
ni hambre, ni guerra.
Mamá, yo te creo, porque tu no mientes,
y en tus ojos veo, la estrella de oriente,
la que me guiará, a un belén viviente